Según la pediatría, un niño tiende a presentar dolor abdominal en algún momento de su vida, dejándole secuelas que desaparecen espontáneamente. Es necesario estar preparado para realizar una historia clínica adecuada, un examen físico completo y una consejería familiar óptima para enfrentar esta afección multicausal.

Primero hay que diferenciar los dos tipos de dolor abdominal: el agudo —que es una emergencia clínica que requiere un tratamiento temprano— y el recurrente —que no necesita un tratamiento inmediato—.

El abdomen agudo es un cuadro clínico caracterizado por un dolor abdominal intenso y persistente que suele asociarse con alteraciones en la motilidad intestinal y fiebre. Este requiere de una evaluación prolija y un diagnóstico y tratamiento oportunos; de lo contrario, se pueden presentar complicaciones graves e incluso la muerte del paciente.

El examen físico para detectar un dolor abdominal agudo inicia con la palpación de una zona distante al área adolorida, la cual permite una mejor ubicación del órgano afectado. La palpación abdominal, asimismo, diferencia el íleo paralítico (peristalsis disminuida o silencio abdominal) del íleo mecánico (peristalsis incrementada) e identifica masas abdominales, vísceras, líquido, aire o plastrones inflamatorios dolorosos (timpanismo). La resistencia muscular y el signo del rebote, que causan mucho dolor, evidencian peritonitis o apendicitis.

Un neonato expresa su malestar abdominal con irritabilidad y llanto —ambos de difícil valoración—, mientras que un niño en edad preescolar sí puede informar claramente sobre el dolor que le aqueja. En el caso de una mujer adolescente, es importante llevar a cabo un examen ginecológico y pélvico para descartar gestación, embarazo ectópico, procesos inflamatorios, quistes o tumores ováricos.

Existen exámenes complementarios como el hemograma completo, donde es frecuente encontrar datos de anemia, trombocitopenia o datos de infección —leucocitosis o leucopenia y desvío a la izquierda—; la PCR cuantitativa —elevada en casos de infección bacteriana—; el examen general de orina y urocultivo —que descarta una infección de las vías urinarias y otras patologías renales (glucosuria, cetonuria, proteinuria y hematuria)—; y el examen de heces —que comprende una evaluación del moco fecal, parasitológico, coprocultivo, sangre oculta (prueba del guayaco), material sin digerir y pH—.

Las pruebas de embarazo son para la mujer adolescente; las de función hepática, pancreática, renal, de coagulación sanguínea y otras, dependerán según cada caso. De igual modo, se puede recurrir a una radiografía simple de abdomen, así como a un rastreo ecográfico abdominal y pelviano —que evaluará con precisión la cavidad—. También se necesitará de exámenes más especializados: la paracente sis peritoneal, que demuestra la presencia de sangre, bilis, pus y otros fluidos; la tomografía axial computarizada y/o resonancia magnética nuclear de abdomen; las radiografías contrastadas del tubo digestivo; la endoscopía gastroduodenal, y la rectosigmoidoscopía. En casos difíciles se recomienda laparoscopía y/o cirugía exploradora.

En la práctica, se reconoce cuatro grupos etiológicos:

  • Obstructivo o mecánico (atresia intestinal, íleo meconial, invaginación, ovillo parasitario, vólvulo y hernia in guinal estrangulada)
  • Inflamatorio (apendicitis, diverticulitis de Meckel, colecistitis, fiebre tifoidea y adenitis mesentérica).
  • Traumático (lesiones de víscera hueca o sólida, y va sos sanguíneos).
  • Miscelánea (ruptura o necrosis de tumores, púrpura de Henoch-Schoenlein, porfíria y crisis de anemia falci forme).

En el infante es más frecuente el primer tipo, y en el preescolar y adolescente predominan el segundo y el tercer tipo.

En general, las complicaciones son múltiples y las más comunes incluyen necrosis y perforación intestinal, peritonitis, hemoperitoneo, septicemia y diversos grados de choque hipovolémico o séptico.

El tratamiento incluye el manejo integral del niño con abdomen agudo, la estabilización de su estado general y su observación permanente, que implican a su vez contar con un buen acceso venoso —en lo posible por catéter venoso central— y con una sonda vesical y naso u orogástrica; corregir el desequilibrio hidroelectrolítico, metabólico, ácido-base y trastornos de coagulación; administrar antibióticos en casos de septicemia o de acuerdo a la sospecha del foco infeccioso o resultados de laboratorio; y aliviar el dolor sin interferir con el proceso de evaluación de la enfermedad.

 

Dra. Giovanna Punis Reyes

Cirujano pediatra del Instituto Nacional de Salud del Niño (INSN)

Presidente de la Sociedad Peruana de Cirugía Pediátrica

Responsable del Equipo Auditor Adscrito al Comité de Auditoria Médica del INSN

Expresidente de la Asociación Iberoamericana de Cirugía Pediátrica